sábado, 2 de abril de 2022

 

SINSENTIDO 

Ayer llegué tarde a comer a casa, lo cual no es una novedad. La televisión en mi casa está prácticamente de adorno y desde hace unos meses me prometo todos los días no poner ni un solo telediario. Las noticias son esas con las que nos quieren seguir sometiendo a la vida y régimen de ese siniestro estamento privilegiado. Pero ya se sabe que las promesas no siempre se cumplen, al menos a rajatabla, así que sí, ayer la incumplí y dándole marcha atrás al canal elegido, a fin de cuentas todos son igual de moralmente deprimentes, inicié el tardío almuerzo con el parte, palabra que escuchaba de mis padres y abuelas y que parece mentira que, aderezado por las modernidades actuales, tengamos todavía que tolerar.

        La primera noticia eran las largas colas para echar gasolina. El gobierno de España, en un alarde de generosidad, ha concedido a los consumidores la dádiva de veinte céntimos por litro de gasolina. Me sale solo cantar “qué buenos son los padres escolapios, que buenos son que nos llevan de excursión …” Ante tamaño regalo las masas han acudido a llenar los depósitos de esas máquinas que tanto nos facilitan la vida, como si no hubiera un mañana. Dado que el obsequio se concede por esplendidez de sus mercedes, los empresarios de las gasolineras no saben a ciencia cierta si el regalo al final será donado por ellos mismos. Incluso alguna ha tenido que cerrar porque no puede asumir el coste que le supone. Me pregunto si no sería más conveniente otro tipo de respuesta frente a un caramelo envenenado.

     Después vienen las colas del hambre, motivadas sobre todo, aunque entre otras razones, por la inflación. Los precios no suben de forma progresiva ni proporcional sino exponencial mientras los simples mortales seguimos ganando lo mismo, incluso menos, que antes de la pandemia. La casta no. Sin embargo los locutores, informadores, corresponsales de los informativos adheridos al sistema ni siquiera mencionan la ridiculez que supone la declaración de una señora que con setecientos euros tiene que mantener, y digo mantener que no sólo alimentar que ya es difícil, a cinco de familia, en tanto que a cualquier miembro integrante del linaje dominante se le paga esa cantidad a costa del dinero público por una de esas llamadas comidas de trabajo. ¡Qué bonito eufemismo! 

         A continuación el congreso del PP. Todos tan arregladitos y formales, tan contentos de conocerse. Hoteles, comidas, viajes, transporte, imagino que dietas por ¿trabajar? en fin de semana. A costa de los impuestos sobre el ciudadano cuyo sueldo medio oscila según informaciones de las redes en unos mil novecientos euros. El que llegue. Me pregunto por qué no se lo pagan ellos ya que es su congreso, no el mío. Me dirá cualquier político que su trabajo es importante para colaborar en la buena marcha del país. Además de lo dudoso de la afirmación, el mío también lo es para contribuir a un sistema judicial y jurídico estable y que pretende ser justo. Y los congresos me los pago yo de mi bolsillo, no el erario público.

          En medio de estas gratas noticias que alteran la conciencia y el espíritu al más sereno y como es prácticamente imposible eludir por completo la participación en el sistema consumista extremo impuesto desde hace varias décadas y que también ha crecido exponencialmente, me he visto obligada a adquirir una de esas mercancías que por lo visto se venden como rosquillas a pesar de su precio. No es para mí sino para mi hija. Suelo usar la expresión tan gráfica de que “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. Creo que se me quedó de cuando muy pequeña y el tiempo era infinito veía alguna zarzuela en la televisión, porque me enteré que viene de “La verbena de la Paloma”. Pregúntale a un niño de hoy qué es una zarzuela. Pero me descentro del tema. Sí, las ciencias avanzan y no voy a negar las facilidades que nos han proporcionado: desde pedir cita médica hasta buscar una sentencia sin moverte de tu silla. Pues ahora en la Universidad es por lo visto muy conveniente tener una tablet acompañada de sus correspondientes accesorios. Nada de escribir de bólido sobre folios en blanco y luego si quieres los pasas a limpio. Qué va. Te queda la opción de llevar el portátil pero parece que eso pasó a mejor vida. La tablet. Como las ciencias avanzan hay que avanzar con ellas o te quedas atrás. Hasta ahí aceptable. Lo sorprendente es por una parte que no hay, es decir, que tienes que hacer cola para adquirir una y cuando llega un porte se acaba en un día; y por otro lado, ese adminículo tan útil y necesario tiene un precio de lujo y hablo de la más barata. Naturalmente la tablet no puede usarse adecuadamente sin un teclado y un bolígrafo especial que también tienen un precio desorbitado. Pero hay algo más sorprendente aun: se venden. Todas. Sin solución de continuidad.

         De esta forma nos encontramos ante un sinsentido insalvable: mucha gente hace cola para ahorrar ¿dos? ¿tres? ¿cuatro? euros al echar gasolina pero mucha de esa gente se gasta de seiscientos a mil euros en una tablet normalita. Alguna gente hace cola para pedir comida o pedir una ayuda al Estado pero ese mismo Estado fomenta la venta de objetos como esa tablet a precios desorbitados. Los políticos se reúnen tan contentos en un congreso y todos tendrán no una sino supongo que varias tablets o similares pagadas con el dinero público.

        Imagino que de eso se trata cuando se habla de “la decadencia de occidente”. Además de parecerme una inmoralidad, por mucho que me esfuerzo no consigo comprenderlo.

sábado, 12 de febrero de 2022

 

ZWEIG Y LA IMPACIENCIA DEL CORAZON     

Estoy terminando “La impaciencia del corazón” de Stefan Zweig. En realidad estoy terminando ésta y “La zona de interés” de Martin Amis y todo ello porque hice un alto en el largo camino de la lectura de “Churchill la biografía”, unas 1700 páginas entre las que hay que intercalar de vez en cuando novelas más cortas y de temática más variada para aligerar su densidad. Y no será porque la detallada y minuciosa vida de Churchill no sea interesantísima.

      Pero estaba con la que acabaré seguramente hoy, cuando me dejen mis obligaciones profesionales de este fin de semana, un tanto lleno de trabajo, y este mismo artículo. Se ha escrito mucho, imagino, sobre Stefan Zweig, así que no pretendo ni por asomo, realizar una semblanza, ni siquiera una reseña al uso de “La impaciencia del corazón”.  Sin embargo no puedo pasar por alto unas palabras de este magnífico escritor y esta excepcional novela.

   Y no se trata de la trama, que también. Tampoco de la precisión del lenguaje, que también. Ni del hilo de la historia, que también. Es algo que califico de superior y que trasciende de la mera narración y del uso de las palabras.

        Se trata de una auténtica historia. Una historia como podía ser cualquier otra. Pero conforme avanzan las páginas y se desarrolla la misma, la obra desprende un halo difícil de describir. ¿Espiritual? ¿Filosófico? ¿Antropológico? ¿Humanístico? La explicación a mi entender está en la cita que, después de una breve introducción, precede al inicio de la historia de la novela, cita que por otra parte, vuelve a repetirse íntegra más tarde, cuando ya descubrimos la razón de la misma. Esta cita dice así: “Hay dos clases de piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad sólo es impaciencia del corazón para liberase lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá.”

       Efectivamente el hilo conductor del relato es ese concepto algo abstracto y en cierto modo impreciso de la “compasión”. De esta forma Zweig trasciende de los meros sucesos, semblanzas, narraciones, crónicas, diálogos, contenidos en la obra. Conforme avanzamos en la lectura no sólo somos conscientes de todo ello y de las situaciones concretas descritas en las páginas, sino que progresivamente el hilo de la compasión, así como cose los momentos narrados, sumerge al lector en toda una profundidad filosófica que le lleva a plantearse y cuestionarse la razón, el fundamento, el motivo o la justificación de la compasión. Entiendo que el autor no pretende que la novela nos dé una lección o enseñanza. Lo que pretende o lo que consigue, a lo mejor sin pretenderlo, es que el lector reflexione. Y en esto radica en buena parte la grandeza de la literatura. Y en ello también, en gran parte, mi amor por la literatura.

       En estos tiempos difíciles (quizás como cualesquiera otros) en los que los hijos no respetan a sus padres y todo el mundo escribe libros (Cicerón dixit), escritores como Zweig permiten que, dentro de los límites de todos conocidos y que no dejan de ser en cierto modo secundarios, podamos seguir teniendo esperanza y abogando por la independencia y libertad del ser humano.

sábado, 1 de enero de 2022

 

            

    TRIVIALES REFLEXIONES DE UN 1 DE ENERO


Y llega un año más. Otra vez uno de enero. Y vuelve la ilusión. Y vuelve la aprensión a lo que vendrá en estos próximos trescientos sesenta y cinco días. Como si el año no pudiera empezar un 21 de julio o un 5 de noviembre y amanecer cualquier día con esa misma sensación. Y deseas que hoy haga un sol reluciente en un azul diáfano para que todo brille más y la naturaleza contribuya a proporcionarte una, aunque sea sólo una, base sólida, para hacer frente a lo que venga. Y por la playa sólo se ven gaviotas y algunas personas: solitarios como tú en un día como hoy, parejas con niños pequeños, algún valiente normalmente extranjero, que se mete en el agua tan fría en estas fechas, supongo que para auto probarse su valentía, como un reto personal o por simple divertimento. Y piensas que vaya tontería pero al mismo tiempo te gustaría ser capaz de hacerlo. Igual el año que viene. Y después de varios kilómetros andando para intentar aligerar el cuerpo de los excesos de estos días que por pocos que sean lo son, cómo sobra de todo en esta sociedad occidental y consumista, te sientas frente al mar, oteas el horizonte allá por donde se pierde el agua y que en la inocencia de la infancia se piensa que cae al otro lado como una cascada infinita, dónde terminará ese agua, e intentas reflexionar sobre este nuevo día que no es sólo un día también es un año, un año entero que viene por delante y no sabes si tendrás fuerzas para afrontarlo porque lo primero que se pasa por la mente es que vendrán dificultades y momentos malos pero bueno por qué piensas así, también habrá alegrías e instantes de dicha y placer, cómo eres, qué necesidad, vive el momento y ya se verá y se le afrontará. A lo que venga. Porque claro que otra opción nos queda, ¿rendirnos? Si bien a priori pudiera ser una opción a tener en cuenta estoy algo segura de que conllevaría más inconvenientes que ventajas. También rendirse puede ser muy cansado y agotador puesto que te deja en un estado en cierto modo vegetativo, no corre adrenalina por tus venas y caes en un bucle de apatía que lo hace todavía más insoportable.

                Este año había mucha neblina, el sol apenas pugnaba por sobresalir entre las nubes lo que me llevó a pensar si en realidad el sol lo intentaba de veras o, volviendo a la reflexión anterior, se hacía el remolón y en este caso si lo hacía por pura desgana o porque se había despistado de su función calórica y luminosa. Tampoco hoy se veía Gibraltar español. Siempre que lo pronuncio me sale el adjetivo al lado. En el pueblo de Setenil de las Bodegas hay una callecita que lleva el nombre de “Gibraltar español” y siempre que digo Gibraltar lo uno al español y a Setenil. Una pena porque en un día como hoy pareciera que ver el peñón a lo lejos delimitando el horizonte junto con la costa norte de Africa hermosea el paisaje mucho más que el gris brumoso y húmedo de este nublado costeño. Ya podía darse este tiempo cualquier día de trabajo y no un primero de año en el que el espíritu necesita el apoyo de Ra para sentir que la vida sigue y seguirá más allá de nuestras pequeñas miserias y deseos luminosos.

         El paseo marítimo estaba lleno de extranjeros. No siempre se les distingue por el físico aunque ayuda. El breve instante de cruce o adelantamiento te proporciona la pista suficiente. Y qué variedad de idiomas. Obvia decir que no entiendo todos pero el ruso, el alemán, el inglés y el francés sí que los distingo. He notado que hoy se hablaba mucho francés por el paseo y esto, cosas de las pasiones o “frikismos”, prefiero pasiones desde luego, me ha llevado a recordar Camus y “L’etranger” (me lo regaló un vecino del despacho en una de sus visitas pero esa es otra historia que si acaso contaré otro día). Lo leí en el original y me he dicho que he de volver a leer en francés aunque me cueste. Y es que la lengua de Molière y el país de Napoleón me han encantado desde siempre lo cual a veces me da hasta coraje porque en la época de José Bonaparte me veo convertida en una Josefina cualquiera en vez de transformarme en un Curro Jiménez que mola mucho más, y eso no me gusta. Pues eso que a ver si me hago con otra novela en francés, tengo por ahí “La Peste” de cuando tenía diecisiete años y viví cerca de la frontera francesa, aunque es algo larga para mi nivel. A su vez esto me lleva a pensar de dónde voy a sacar tiempo. Para leer en un idioma que no dominas es necesario un espacio físico, temporal y espiritual apropiado y las noches se las llevan las listas pendientes de libros en español, también de españoles, ilustres o no. Intentaré hacerle un hueco, como a tantas otras cosas. Peor es leer en inglés que no se parece nada a nuestro idioma y desde luego es mucho más feo, después de años y años dándole que te pego al inglés y aunque pueda escribirlo, resulta que me es más fácil leer en francés. He de recordarme que cuando empiece aporte al trabajo una dosis de paciencia y asunción de la realidad: por mucho que lea no voy a conseguir ser bilingüe. Para ello tendría que irme a Francia o a algún país francófono, lo que desde luego no descarto aunque me lo plantearé seriamente en la próxima reencarnación.

jueves, 16 de diciembre de 2021

 DE COMPRAS POR EL METAVERSO


         Los abogad@s no paramos de estudiar. Al menos algun@s. Como otras muchas profesiones la nuestra nos exige estar al día no sólo en novedades, que también, sino en comentarios diversos sobre los más variados temas jurídicos aunque pueda tratarse de algo que suene tan obsoleto como “crédito refaccionario” o “censo enfitéutico”. Nunca se sabe cuando nos puede hacer falta un artículo, una opinión doctrinal o una resolución judicial sobre el tema. Intento, no obstante, dejar de lado materias en la que no soy versada no porque no me interesen sino por delimitar mi tiempo y mi capacidad intelectual.

                Y en esto que cada día o al menos cada varios días, dedico un rato a leer lo que recibo sea por redes sociales, chats de compañeros, suscripciones gratuitas a revistas jurídicas o por otros medios. Previamente ya hago una selección sobre la marcha cuando me llega la información. Digamos que acumulo los deberes en carpetas más o menos virtuales. Pues bien, diariamente recibo un correo de una conocida revista jurídica a la que puedo acceder también desde la web del Colegio de Abogados al que pertenezco para así leer artículos que no son “free”.

         Los artículos y noticias sobre tecnología son cada vez más habituales. Sí, quien me conoce sabe que también los leo aunque sea “en diagonal” (léase por encima), sea por deformación profesional, pedantería, ansia de saber o cualquier otra extraña razón del subconsciente. Pero lo de hoy me ha dejado impactada: “De compras por el metaverso” Toma ya. Prefiero hacer muchas otras cosas antes que ir de compras, pero no me he podido resistir a la llamada. Abro el enlace.


 


           Pues bien ésta y no otra es la explicación: El metaverso es un mundo virtual al que nos podemos conectar desde cualquier dispositivo y en el que, a través de un avatar, podemos interactuar en su interior. Es como vivir en un universo totalmente nuevo. Existen muchos mundos virtuales, sobre todo en el sector de los vídeo juegos. En estos metaversos, nuestros avatares tienen que desenvolverse por un mundo en el que tienen que interactuar como en la vida real. Esto les crea una serie de necesidades de todo tipo que deben cubrir, incluida la comida o la ropa”.

      Eso para empezar. Una vez leído el artículo entero y como no daba crédito he buceado por internet a fin de intentar asegurarme de que lo que había entendido era verdad. Lo primero que me ha aparecido ha sido un vídeo de unos diez minutos en el que un joven sudamericano me pregunta “¿Qué es el metaverso y porqué debería importarte?” Si pudiera contestarle le diría que no me importa en absoluto ni creo que me importe nunca, menos aún para comprar. Sin embargo lo he escuchado con mucho interés. Hay que estar al día.

      Pues bien etimológicamente “metaverso” significa “más allá del universo” y según el informante es un término antiguo puesto que fue utilizado por primera vez nada más y nada menos que en 1992. Evidentemente es antiguo. Para no aburrir con demasiadas explicaciones tecnológicas me he quedado con una idea: la diferencia entre el internet de ahora y el internet del metaverso es que ahora utilizamos internet, en el metaverso estaremos dentro de internet. Ahí lo he pillado mejor. La clave por lo visto está en la inmersión. Y en el uso de gafas. En otro caso olvídate del metaverso. Tras este rato tan ameno he ido a Wikipedia, información más de andar por casa por eso de hacerme una idea general y fijar conceptos. Difícil tarea. Puestos a los versos prefiero por ejemplo la "actio in rem verso". Aun así se intenta.

  Pero vuelvo al artículo que me ha llevado a escribir estas líneas. Como su título indica vamos de compras por el metaverso. Y viene a decir que el metaverso es por lo visto un lugar idóneo para que las firmas de moda extiendan su negocio. Y así marcas como Zara y otras de lujo como Balenciaga o Gucci han desarrollado espacios en los que el usuario ha podido comprar bolsos, gafas y otros accesorios entre dos y nueve dólares. Menudo chollo. Sobre todo teniendo en cuenta que por los visto los usan los avatares. Estos de abajo forman parte de una colección de ropa de Zara para el entorno virtual ¿bonito no? Y sobre todo útil.

 

 


Las posibilidades según dicen, son enormes, desde vender sus propios productos hasta abrir una tienda u ofrecer un servicio de atención al cliente. Y es que, como dice el artículo “lo cortés no quita lo valiente y el hecho de que nos movamos en el mundo digital no tiene por qué traducirse en que nos vamos a exponer ante miles de personas con cualquier cosa puesta.” Faltaría más.

 

           No voy a ser yo quien niegue que el mundo evoluciona sin parar y quién sabe a dónde llegaremos y lo que verán nuestros descendientes. "Los tiempos cambias que es una barbaridad" se canta en una conocida zarzuela de bastante más antigüedad y solera que el metaverso. Desde el año en que nací ese mundo ha cambiado encontrándonos hoy con innovaciones tecnológicas que en mi infancia eran de ciencia ficción. Sin embargo todo este mundo virtual en el que por lo visto se gana mucho dinero choca, al menos todavía, con el mundo real. Basta un día de guardia en el Juzgado para darte cuenta de que el mundo real sigue existiendo y se superpone a cualquier tipo de realidad virtual. Otra cosa es que a los que gobiernan ese mundo real les importe poco los que lo habitan. En cualquier excursión por los pueblos de Málaga, no hay que ir más lejos, la realidad de sus vecinos, la realidad de hoy, no tiene nada que ver con los metaversos sino con la recogida de la cosecha y calentarse en invierno, por poner. En los descampados de las grandes ciudades donde se juntan parias de la vida, las compras por los metaversos suenan ridículas. En la soledad de una residencia de ancianos que viven de la caridad sobran los metaversos. En la mirada de las niñas obligadas a casarse a los doce años no hay sitio para los metaversos.

           No es cuestión de crítica ni de obviar la evolución, sino de enfocar la fuerza de la humanidad hacia necesidades verdaderamente reales. Por mucho que lo intenten no me van a cambiar la idea de que ir  de compras por el metaverso es una actividad, sino inmoral, al menos amoral. Pero claro ¿eso a quién le importa?

       Os dejo con unas zapatillas de Nike para el metaverso. Aunque no sé si se pueden usar en la realidad real.



domingo, 7 de noviembre de 2021

 

            
EL DEVENIR DE LA MUERTE

        Supongo que es ley de vida que conforme pasan los años, las noticias de fallecimientos de parientes y allegados sean más frecuentes. Una sigue sus días entre el trabajo, las aficiones, los problemas y sus resoluciones o no, y llegan esas nuevas para hacerte más vieja. Y entonces, durante unos días, la sangre empieza a correr diferente por tus venas, se respira de forma más pausada, la mente no está en su sitio de siempre, envuelta en esa cotidianeidad del devenir diario y, en cierta forma, algo se ha muerto dentro de ti. También supongo que es algo innato del ser humano, antropológico, ancestral, que forma parte de la cultura de la muerte.

         Evidentemente que en la sociedad actual la muerte de alguien cercano o de un familiar no lleva consigo toda esa parafernalia del luto integral, llena de rituales y simbología religiosa y social. El luto, si acaso, se lleva por dentro. Sigue existiendo una liturgia de la muerte, más sencilla, más rápida, más ligera para el espíritu si se quiere. Se termina pronto y a otra cosa mariposa. Sin embargo, el impacto de este suceso produce un revoloteo singular e interno en nuestro engranaje particular. Vienen del pasado muchos recuerdos vividos con la persona que se ha ido. A veces son simples imágenes de momentos determinados: una conversación al azar, la recomendación de un libro, el comentario de una noticia, alguna sonrisa perdida llena de miradas familiares. En otras ocasiones esos recuerdos se amplían y llegan a comprender episodios más largos: el viaje que se hizo con motivo de su boda, la ayuda que prestó a otro miembro de la familia en cierta ocasión o la alegre celebración por haberle tocado la lotería.

         ¿Por qué nuestra mente –o será nuestro corazón- se deriva en estos caminos tan singulares? Existen varios recursos para intentar tener menos miedo a la muerte: decirse que la muerte forma parte de la vida, por ejemplo. Para los creyentes sirve pensar en esa otra vida prometida. Cada cual se apoya en lo que quiere. O en lo que puede. Lo cierto es que este mundo occidental en el que nos encontramos inmersos, tan regalado, tan rápido, tan abrumador de banalidades, tan avanzado tecnológicamente no es lo bastante importante, enérgico, firme, como para eliminar esos sentimientos profundamente internos, llenos de esa magia atávica renacida por noticias tales como el fallecimiento de un ser querido.

                 

viernes, 15 de octubre de 2021

 

ADIOS, QUERIDO PRIMO


        Mi primo se ha suicidado. Llevaba más de veinticinco años sin vivir una vida normal, encerrado en casa, aquejado por esas oscuras enfermedades de la mente. Quiero pensar que sobre todo para sus hermanos, y en una ínfima parte para los parientes que nos acordábamos de él, pueda ser hasta una liberación. Eso no quita la pena y el desgarro que produce la llegada de una noticia así.

        Mi primo era un par de años menor que yo. Durante nuestra infancia y adolescencia pasamos muchos septiembres, navidades y semanas santas en el pueblo de nuestra familia materna. La abuela nos acogía a los mayores durante unos días llenos de libertad en su más amplio sentido. Y llenos del amor incondicional que nos daba. Para mí fue mi sustento. Para mi primo no fue suficiente.

        Mi primo siempre fue retraído y tímido. Nunca planteó un problema. Era el más pequeño de ese grupo de niños y niñas que durante los años setenta y principios de los ochenta todavía disfrutamos de una vida sin tecnologías y casi sin televisión. Esos días azules y ese sol de la infancia se nos fueron jugando, inventando fiestas en algún bajo de casas gastadas por el tiempo o haciendo excursiones por las ramblas secas de aquéllas tierras. Por supuesto sin móvil, sin cremas solares, a veces creo que sin agua. Mi primo y yo siempre éramos los últimos. El me esperaba y yo le esperaba.

        Mi primo poco a poco se fue haciendo más reservado. Después de empezar la universidad dejó de salir salvo alguna excepción y se iba convirtiendo en una especie de ermitaño en su propia casa. Apenas nos veíamos excepto algún día de verano que pudiésemos coincidir en la playa. Hace unos años murió su madre. Desde entonces se recluyó más aún. No tuvo fuerzas para ir a su entierro y se quedó a vivir con las cenizas de mi tía.

            Mi primo descansará eternamente en el cementerio del pueblo. Nuestros antepasados maternos reposan allí. Junto a la abuela. Junto a su madre. Junto a mi madre. La promesa a mi querida tía de llevarle margaritas blancas y amarillas se seguirá cumpliendo hasta que yo también me vaya. Esas flores se extienden desde hoy a mi primo, acompañadas siempre de las palabras del poeta: “… y se quedarán los pájaros cantando …”. Descansa en paz querido primo.

domingo, 22 de agosto de 2021

 

EL COMODATO


               Por razones basadas en la confabulación entre el “fatum” y el libre albedrío, el Código Civil forma parte de mi vida. No sólo durante la carrera de Derecho sino en años posteriores de intenso estudio aun cuando éste no diera el fruto definitivo esperado, dejando impregnada, sin embargo, una semilla de conocimientos y conceptos muy variados. Conocimientos y conceptos algunos de los cuales suenan extravagantes y trasnochados en la hoy llamada “sociedad de la información” extendida y entendida como la tecnología al poder. Conocimientos y conceptos que, no obstante, forman parte de mi familia particular y a los que aun como entes inmateriales, les tengo un profundo cariño.

         Ahí están la anticresis, la prenda, el censo enfiteútico, el precario, el crédito refaccionario y tantos otros, algunos desfasados o poco utilizados, otros reconvertidos para su utilización adaptada al capitalismo a ultranza en el que nos encontramos. Y entre todos ellos, el comodato. Lo regula el Código Civil Español de 1889 en los artículos 1741 a 1752 y en realidad es un contrato usado habitualmente y desde tiempos inmemoriales pues no es otra cosa que un préstamo de uso, por el que una de las partes, llamada comodante, entrega a la otra, llamada comodatario, una cosa no fungible, para que use de ella por cierto tiempo de forma gratuita y se la devuelva. Es evidente que se formalice o no por escrito y con las condiciones que las partes estipulen, lo cierto es que en la vida diaria usamos de él continuamente.

        A pesar mi dedicación al mundo jurídico, no ha sido sino hasta hace unos días y probablemente motivado por la pasión por las letras, cuando he sido realmente consciente de cómo el comodato forma parte de nuestra existencia sin que apenas reparemos en ello. He formalizado verbalmente con mi prima Mari Carmen, constituida en comodante, un contrato de comodato en el que soy la comodataria y la cosa no fungible objeto del préstamo de uso es una pila de ejemplares algo usados y envejecidos de la Colección Austral, provenientes de su herencia familiar. Sin duda si el comodato hubiese sido de un bolso Louis Vuitton (alias “Luisvi”), por poner, no hubiese despertado en mi interior ningún recuerdo de mi querido Código Civil. Pero es lo que tiene cuando la literatura y el amor a los libros se lleva en vena.

       De esta forma he incrementado considerablemente mi biblioteca durante algún tiempo en el que lucirán orgullosas obras tales como “Los sueños” de Francisco de Quevedo, “La malquerida” de Benavente, “Sobre casi todo” de Julio Gamba, “El tragaluz” de Buero Vallejo, “La mujer de ámbar” de Gómez de la Serna, los “Entremeses” de Cervantes, “Arroz y tartana” de Blasco Ibáñez o “Fuenteovejuna” de Lope de Vega, y muchos otros.

         Dado el principio de autonomía de la voluntad que rige el derecho contractual español el contrato se rige por los acuerdos de ambas partes. Supletoriamente se aplicará el Código Civil. De acuerdo con su propia esencia tiene carácter gratuito y no le hemos fijado término de finalización. Confío en que la vida me permita disfrutar con su lectura tanto como he disfrutado formalizando este comodato.